En otoño las hojas de los árboles son protagonistas de esta maravillosa sinfonía de colores verdes, marrones, rojizos,anaranjados y amarillos. Ellas descienden, livianas, lentas y frágiles en su ininterminable danza silenciosa.Visten la tierra de sus colores, de sus formas, de su textura. Y nos alegran a los paseantes con su simple naturalidad. Envejecer se transforma en una fiesta para los seentidos. Acaso los seres humanos no deberíamos sentir igual...


 Éramos una danza, Gabriela. 
 Todas juntas, todas niñas. 
 Nuestras manos unidas, 

entonces, sabíamos quiénes éramos. 
 Fluíamos desde adentro. 

¡tierra, fuego, aire, agua! 

en cuerpo femenino, energía sabia. 
 Tú admirabas nuestro ser, 

dulce madre poética, 
 eternizaste con tus palabras 
 ese momento sagrado. 

Y después... crecimos, Gabriela. 
 Cada una se hizo mujer 

y nos olvidamos de la danza, 
de la colina y de la alegría.  

Sabiduría perruna

Deberíamos aprender más de los animales. Mi perra Nana comienza el día con sus estiramientos tipo yoga, el perro mirando arriba, el perro mirando abajo, el perro patas arriba haciendo giros de lado a lado y provocándose un magnífico masaje en su columna sobre la alfomfra de lana y después de eso, sesión de caricias y a continuación ofertas de juego de todo tipo, cualquier tontería se puede convertir en un juego para ella y parece ser de una importancia de primer orden.  

De verdad los seres humanos podríamos imitar más a los animales, dar atención a nuestro cuerpo, al goce de las caricias y a la diversión del juego, comenzar felices el día. Con una energía vitalizante y contagiosa. De niños lo sabemos intuitivamente y en la medida que vamos creciendo poco a poco se nos va olvidando o la sociedad nos va desformando en ese aspecto. 

Dejamos que las rutinas de la sobrevivencia nos engullan. Nos metemos con tanto ahinco en el rol de ser eficientes, de cumplir aquí y allá en el trabajo, con la familia, con los amigos, con la comunidad donde vivimos y sin darnos cuenta de tanto cumplir con el resto, nos olvidamos de nosotros mismos. 


¡Sí, yo puedo!



Un ejercicio de empoderamiento en Risoterapia consiste en el reconocimiento de nosotros mismos, de nuestras facultades, de nuestras habilidades. Haciendo este ejercicio con un grupo de adolescentes les parecía muy difícil encontrar al menos una cosa que ellos podían hacer. Entonces se me ocurrió decir: “¡Puedo respirar, sí yo puedo!”, esto causó algunas risas en el círculo, pero ya algunos se sintieron con el valor de decir “¡Puedo hacer deporte, sí yo puedo! ” y yo seguí con mis facultades, “¡puedo caminar, sí yo puedo!”y así fuí agregando en cada ronda , puedo escuchar, puedo ver, puedo sonreir, etcétera. Los chicos se fueron soltando y cada vez agregaban más “puedos”, podían escuchar música, comer, nadar, hablar, aprender cosas nuevas, dormir, escribir, tener amigos, leer, tocar un instrumento musical, artes marciales, bailar y así la lista era infinita.

A veces nos enfocamos en aquello que no podemos, esto nos bloquea para pensar en la enorme gama de cosas que sí podemos hacer. 

A menudo no valoramos los regalos de la vida y no logramos agradecer el hecho de tener todas nuestras facultades intactas. Nuestros sentidos, nuestra salud física y mental. Solo cuando perdemos algo reconocemos cuan valioso era, solo entonces le echamos en falta. Lo ideal es no esperar a perder una facultad para apreciarla y reconocerla en toda su dimensión. 

Podemos estar cada día agradecidos de todo lo que sí podemos. ¡Sí, yo puedo! decirlo con fuerza y alegría.